LA DEMOCRACIA QUE INCOMODA

En México se habla constantemente de una reforma electoral, se anuncian intenciones, se deslizan versiones preliminares y se multiplican las declaraciones políticas, pero hay un hecho evidente: la reforma real sigue sin presentarse y no es un accidente, las reformas profundas suelen incomodar a quienes viven del sistema que dicen querer cambiar.

El sistema electoral mexicano fue diseñado para resolver un problema específico del siglo pasado, el problema era la hegemonía del PRI, durante décadas, el partido dominante controlaba prácticamente todos los espacios de representación, en ese contexto, la reforma política de 1977 introdujo las diputaciones plurinominales como una forma de abrir el Congreso a las minorías políticas.

Fue una decisión correcta para su momento histórico.

Las plurinominales permitieron que partidos sin fuerza territorial pudieran tener presencia legislativa, fueron, en su origen, un instrumento de pluralidad democrática en un sistema cerrado, pero el país que justificó ese mecanismo ya no existe.

México ya vivió alternancias presidenciales, congresos divididos y competencia real entre partidos, sin embargo, la estructura creada para equilibrar el sistema terminó capturada por los propios partidos.

Hoy las listas plurinominales funcionan, en demasiados casos, como una red de protección política, lo que nació para abrir la democracia terminó convirtiéndose en un sistema de cuotas.

El problema no es la representación proporcional, es que la representación dejó de representar.

Otro tema que incomoda a la clase política es el del fuero legislativo, pero con el paso del tiempo el fuero dejó de ser una garantía institucional y comenzó a funcionar como un blindaje personal.

En teoría protege la función legislativa, en la práctica, muchas veces protege a los políticos.

Si el objetivo del fuero es proteger la libertad parlamentaria, su alcance debería limitarse estrictamente a la actividad legislativa, lo contrario genera un incentivo perverso: convertir una curul en una forma de protección política.

El financiamiento electoral tampoco escapa a esta lógica de simulación, México presume uno de los sistemas de fiscalización más sofisticados del mundo, sin embargo, la realidad de las elecciones es mucho más opaca que los informes oficiales.

El día que más dinero circula en la política mexicana es el día de la elección, y ese dinero rara vez pasa por registros formales, pretender que todo ese flujo puede auditarse con precisión absoluta es una ficción que el sistema aprendió a tolerar.

Hay además un elemento estructural que rara vez entra en el debate electoral: el tamaño de muchos cabildos municipales, el resultado es predecible: gobiernos municipales más caros, menos eficientes y con incentivos políticos distorsionados.

Mientras tanto, la reforma electoral permanece atrapada en el mismo problema que debería resolver: los intereses de los partidos.

Las tensiones entre Morena, el Partido Verde y el PT no reflejan una discusión sobre el mejor modelo democrático, cuando una reforma amenaza espacios de poder, los aliados se convierten rápidamente en adversarios.

México necesita una reforma electoral, pero no una reforma pensada para preservar los privilegios del sistema político, sino una que tenga la valentía de tocar las distorsiones que los partidos han aprendido a aprovechar.

Si la reforma evita incomodar a quienes viven de la política, entonces no será una reforma democrática, Será, simplemente, la actualización de una simulación que lleva décadas funcionando.

POSDATA

y cuando creímos haber vivido todo, Trump ordena bombardear Irán, nuevamente cambiando el orden mundial…

Es tiempo de los ciudadanos …. ¡¡¡¡ que si queremos democracia!!!!

​​​​​​​​​Abelardo Pérez Estrada 

Empresario, Analista, Expresidente CANACINTRA