Humberto Castillo Mercado – Morelia, Michoacán
Postrado en una silla de ruedas, Juan espera. Lo hace todos los días bajo el sol o entre las nubes, acompañado únicamente por un pequeño perro blanco que permanece a su lado. La escena se repite una y otra vez al poniente de Morelia, una de las zonas con mayores carencias de la ciudad, donde el paso del tren no solo detiene el tránsito, sino también la vida de cientos de personas.
Para Juan, el silbato de la locomotora significa resignación. Debe aguardar a que el interminable convoy, que a veces tarda varios minutos en cruzar, libere el paso. No hay alternativa. Si intenta rodear las vías, encontrará otro cruce bloqueado. Si decide aventurarse por el puente vehicular, teme que un automóvil lo arroje al vacío.
“Lo único que queda es esperar”, dice con serenidad.
Hace años perdió ambas piernas en un accidente automovilístico. Desde entonces, su silla de ruedas es el único medio para recorrer las calles de una ciudad que, asegura, pocas veces piensa en personas como él.
Al preguntarle por el simpático perro, sonríe, mira al animal y responde: “El perro no viene conmigo, yo vengo con el perro”.
Mientras observa pasar los vagones, recuerda que no es el único afectado. Ha visto a hombres, mujeres y jóvenes arriesgar la vida al trepar sobre el tren para cruzar al otro lado. Algunos han caído en el intento. Otros han escapado por segundos de una tragedia.

Juan habla sin miedo. Con la misma franqueza confiesa que hubo un tiempo en que pensó terminar con su vida. La discapacidad, el dolor y las pérdidas parecían demasiado peso para seguir adelante.
Fue migrante. Trabajó, prosperó, envió dinero a México y logró levantar algunos negocios. Ahora vive en un predio cerca del Estadio Morelos.
Sin embargo, con el paso de los años, casi todo desapareció. Su única hija murió siendo pequeña. Su esposa se fue. La soledad terminó instalándose en su casa.

Pero no permitió que también se instalara en su espíritu.
“Si me quedo encerrado, me muero de depresión”, expresa.
Por eso cada día sale de casa. A veces tiene un destino; otras, simplemente recorre las calles. Busca distraerse, conversar, observar la ciudad o, simplemente, demostrarse que sigue vivo.
Mientras el tren continúa avanzando lentamente, Juan permanece inmóvil, acompañado por su inseparable perro.
Espera a que el último vagón desaparezca para seguir su camino.
Porque, aunque la vida le arrebató las piernas, a él todavía no le ha quitado la voluntad ni la esperanza.

